Punto de partida a la vencida

La visita era esperada, la primera de un amigo, sin un vinculo de sangre más allá del trabajado en el tiempo, desde aquel primer día en el que un festival de música, con Massive Attack y Faithless sorprendiendo, era regado al más puro estilo ron cola, sin conservantes ni colorantes.

Neja aterrizó hace ya más de un mes, y de dos, un día en que El Quijote era leído en la Filozofski Fakultet de la Universidad de Sarajevo. El aterrizaje fue suave en un día soleado de primavera bosnia. Salí con prisas del trabajo y en la puerta del mismo, con el taxista ya habitual en mis visitas, me encontraba con y abrazaba a mi amigo.

Lo primero, comer, lo segundo, siestear. Por la tarde, venía el evento con anfitrión de excelencia y con lectura que debía realizarse en orden y concierto. Cuando llegó el momento, sin preguntar, di papel y turno a Neja y al atril tuvo que salir.  Sin saber cómo, ni porqué, el evento resultó satisfactorio, conseguido. Bueno, yo si sé gracias a que y quien, pero ellos ya lo saben también.

Para celebrar la salvación nos juntamos todos en el conocido Tito´s Bar, no el de Avenida Donostiarra que sigo en Sarajevo y no en Madrid, y entre tanques y antiaéreos disfrutamos de unos pares de Sarajevsko, cerveza fría y local para acostumbrar de nuevo las cuerdas vocales a la lengua moderna y abandonar al descanso, en la Mancha, al caballeroso Hidalgo. Con el reposo y la espuma del tercio, quizás debido también al nombre del lugar, surgió la idea de una visita al Bunker sito en Konjic. Todo se hablaría, de momento, al día siguiente, la brújula señalaba más al oeste, Mostar y su Stari Most, por segunda vez.

El Viernes, lo pedí libre y  comenzamos una visita imprescindible para un defensor del país y su bandera. Con coche de alquiler, salíamos de un Sarajevo en lluvia con destino a la soleada Herzegovina. El primer tramo, curvas advertidas con Zeta y puestos de venta de miel en ellas, requería conductor experto y en sus manos quedó el volante; pero más adelante, cuando la carretera perfila el Neretva  y el terreno llanea, conduje hasta donde el GPS señalaba como destino. Gracias a los consejos y advertencias, pudimos llegar sanos y salvos al viejo puente.

La soleada Herzegovina, también debía tener el día libre porque la lluvia nos perseguía hasta las rodillas. Fue una pena, pero la visita se cumplió. Las conversaciones, iban y venían del recuerdo al presente. Los teletipos no son lo mio, quién me conoce ya sabe que soy muy de café, y ahí la información fluye con naturalidad. Después de comer refugiados, por segunda vez, del agua y del viento, en el Hindin Han, nos fuimos Blagaj; para disfrutar de un café en el templo que guarda el nacimiento del río Buna.

La lluvia, no parecía fuese a darnos tregua, pero al llegar nos dio un descanso para poder beber un Bosanska Kahva en unas terrazas inundadas por el tiempo. Hasta aquí no había llegado nunca, y poder llevar la mirada desde la cueva que esconde el río hasta la última piedra que amuralla el templo, fue toda una gozada. El agua, corría fuerte, y el sonido, invitaba al asiento y el cigarro. Y así fue. Después de esto, vuelta a Sarajevo, cerveza y descanso. Ya estábamos avisados, al día siguiente se había organizado la visita al Bunker de Tito. Quedábamos con Jose y Miriam, y todo arreglado.

Hoy sí, el sol deslumbraba, pero yo no me fiaba y vestía de largo, que luego pasa lo que pasa. Como mi tradición indica, desayunamos un Burek de pollo y una Coca-Cola. Recogíamos al apoyo para la invasión del Bunker y, tras unos primeros trompicones, dirigí el vehículo al punto de encuentro con el otro coche. Cinco vidas en mis manos, la responsabilidad no podía ser más agradable en semejante compañia; Sergio, mi compañero de piso; Neja, mi amigo; Jose y Miriam, pareja de traca y patio.

Llegamos con tiempo, de manera que café al sol y calma en el reloj. Una hora más tarde, o dos, cruzábamos el río y nos plantamos ante las verjas, de hierro forjado, sin más armas que un mechero y mucha curiosidad. Nos quisieron prohibir la entrada por faltar cinco minutos al cierre, pero una sonrisa de la manga nos hizo ganar el permiso de entrada.

La visita fue de lo más divertida, coincidía una Bienal de arte y habían aprovechado el espacio para mostrar las obras de todo tipo de artistas. Pero el propio Bunker de Tito es una obra de arte en sí mismo. Fue toda un gozada. Subimos escaleras, entramos en todas las habitaciones, abrimos todos los armarios, tocamos todos los objetos, disfrutamos cada palmo del hogar preparado para sobrevivir 500 personas durante todo un año. El frío del interior, calmaba el calor que apretaba fuera y, con la temperatura en orden, pudimos correr todos los pasillos y fascinarnos con cada engranaje que se podía girar ¡Teléfonos rojos que descolgar y todo!. Fue todo un placer, ver mapas y clavijas para, imaginar sin parar, la vida que allí se esperaba gobernar.

Salimos, sobre espejos rotos, sin parar de hablar de lo divertido y entretenido que había sido. Ahora, tocaba comer y así lo hicimos, en el Han, junto a la orilla de ese río que no deje de ser mencionado, el Neretva.

By Mr. Yuse

Tras el café, nos pusimos en marcha y devolví a salvo a las vidas que a mi cargo habían quedado. Misión cumplida, aunque ahora tocaba la segunda parte, la más difícil, la más batallada. Siesta para empezar y camisa planchada para salir a ganar. Chupitos de Jagger, y a matar.

La visita, requería una copa que fue cumplida en el Aquarius. Mal augurio que al entrar ya hubiese un cartel que descubría las botellas de Vodka a 70 Km (35 lerus), malo, muy malo.

La primera venía y, con su fuerza, apartaba a dos chicas que bailaban en una zona privilegiada; una botella requiere espacio y ellas, de momento, no interesaban. Sin darnos cuenta, el vidrio agonizaba. El perfume, nos hacía perder la mirada, y la vista no descansaba. Para aligerar líquidos, me dirigí al baño. Allí, me encontré a Neja. No tuvimos más que mirarnos a los ojos.

-¿Otra?

-Joder, estaba pensando lo mismo.

-Ya tío, somos lo peor.

-Venga, vamos a pedir otra botella.

Tropezándonos con nuestras risas, llegamos a la barra para pedir otra. Esta vez, propina al camarero, un día es un día. Después de eso, las azafatas se nos acercaban para sacarnos fotos, las preciosas se dejaban conversar, y el zumo de naranja seguía aportando color al combinado.

Apenas nos ayudaban, así que tuvimos que matar una a una las dos botellas que nos miraban abrazadas por el hilo. Sí, el dinero también te consigue hielo en este país, y vasos grandes.

Con una guerra así, el escribiente tuvo que dirigirse al baño, una vez más. Pero esta vez, todo fue diferente. Al volver, para ocupar mi puesto, me cruce con dos armarios que sujetaban por los hombros a una figura conocida. Aunque de pie les igualaba en estatura, ahora con la cabeza gacha y los pies arrastrados, apenas les llegaba los hombros. Mi compañero había sido herido de gravedad, parecía fuera de combate. Le acompañe fuera, pedí a los puertas que evitasen su caída, no podía dejarlo caer en el barro. Busqué su cartera, ante el asombro de los porteros, saqué el dinero necesario para pagar el hielo, e prometí que volvería y, de nuevo, entre a vengar al compañero herido de muerte.

Fui rápido y con peso firme al puesto abandonado, allí pagué las deudas y, antes muerto que sin botín, cogí el Vodka restante y lo escondí, cual contrabandista, entre los abrigos que colgaban del brazo. Pudiera ser el Aquarius un lugar de buenas maneras, pero en el amor y en la guerra todo vale. Salí fuera, mi compañero no mejoraba. Dude su usar el teléfono de emergencia, necesitaba refuerzos. Finalmente, descolgué.

-¡Un vehículo por favor! Hemos de escoltar a nuestro soldado a un lugar seguro, ya no puede mantenerse en el frente.

Súbitamente, Amko, un amigo bosnio, planto su coche en la puerta, introdujimos al herido y salimos pitando del fuego enemigo. Le apretaba el hombro para que no se durmiera, en sus últimos momentos quería estar a su lado. Llegamos a casa, con el coche hasta el portal. Salimos del coche y abrí la puerta del copiloto. Mi amigo, haciendo gestos con la  cabeza, parecía que quería decirme unas últimas palabras. Pero, entre amigos, pocas son las palabras que se necesitan. Le agarré de los hombres, le incliné hacía fuera, y le deje expulsar el veneno que atacaba su cuerpo. No estábamos preparados para una batalla tóxica. Todo quedo embarrado, pero el ascensor nos ayudó a transportarle hasta el sofá, que a modo de camilla improvisada, le otorgaría el descanso que su cuerpo sanaría. Tapado y caliente él, yo me fui con la guerra a otra parte. Salí de casa, aún lamentado la perdida de tan buen soldado, nada podía hacerse al respecto. La vida debe continuar.

Camino del nuevo campo de batalla, el Underground, empecé a sentirme mareado, perdía vida, parecía que una bala  había rozado mi abdomen. Me toque “la talega” y, rápidamente, pude ver lo que pasaba. En el fragor de la batalla, en la celeridad del rescate, yo también había sido herido, y la adrenalina me había impedido sentirlo, hasta ahora. Así que, experto en estas lides, me lancé al único recurso que me quedaba, era un todo o nada, nunca se sabe con estas cosas, todo podía pasar.

Amko, en la desesperación, dijo -Otro que muere.

Le miré, y le dije -Dame unos segundos y me verás resucitar.

Me apoyé en una columna, palpe con mis dedos mi garganta, y expulsé el mal que acuciaba. Puse firmes mis rodillas y, muy despacio, solté mi mano de la columna que abrazaba. Todo parecía en orden, la operación había sido un éxito. El cuerpo se movía y la mente se despertaba. Listo para la batalla.

En el nuevo campo, buscaba el hombro de una mujer en el que apoyar mi frente y lamentar la perdida mientras descansaba. Alguno se encontró, pero ninguno se licenció aquella noche. Tomé una cerveza, ante el asombro de mis compañeros, y me fui con Sergio a casa. Ya lo he dicho, pero vivir con alguien es garantía de que nunca volverás sólo a casa y, en noches como aquella, es todo un consuelo. Al día siguiente, Neja volvía a la vida y, tras un paseo por Baščaršija, despegaba camino a casa. Sarajevo había acabado con él, lo había matado.

Aún es que hace unas semanas volví para vengar la muerte de mi amigo y, con sorna, me saludaron en la puerta y me preguntaron -¿No traes hoy a tu amigo muerto?-, sólo pude reconocer lo evidente -No, Sarajevo lo mató y tuvo que irse de vuelta a España-. Con dignidad soporte sus risas y, de nuevo, entré a matar.

Debía este post que tanto se ha hecho esperar. Yo aún, de momento, no he llegado a morir aquí, aunque se de muchos que, entre la sorpresa y el temor, esperan verme caer. Hasta entonces, espero disfrutéis de mi ausencia y de estas nuestras vivencias.

Besos y abrazos para repartir al gusto.

Suena Go and never look back-ELE”

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El evento del año – Primera parte

ACLARACIONES PREVIAS

NO ME HE MUERTO, simplemente he estado meditando todo este tiempo y no he logrado levitar. Lo del budismo es mentira. Un día salí de noche y no llegué al nirvana, simplemente llegué cansado a casa. Ahora vuelvo a escribir y lo que tengo que contar es tan amplio que lo voy a dividir en dos secciones. Allí vamos.

INTRODUCCIÓN

Últimamente he cambiado el vino por el gintonic. Encontré mi amor en uno de Montenegro pero la ginebra siempre me recordó a amores pasados, aquellos que una vez tuve en Estocolmo. Entre una mujer que se sirve sola en una copa y otra que hay que mezclarla, revolverla y acariciarla con un trozo de lima que luego hay que metérselo hasta el fondo no hay diferencia: siempre me gustó participar en orgías.

De esto me di cuenta el otro día, tras llegar del evento del año. Me refiero a lo del gintonic, no a lo de las orgías, que eso ya lo constaté hace años.

Hay que participar en los eventos del año, aunque sólo sea para luego contárselo a tus amigos, los cuales también habrán participado en otros eventos del año y al final nadie querrá escuchar a nadie. No se trata de egoísmo o de un “y más yo”, sino que simplemente debemos concienciarnos de que no perdemos el tiempo, que acudimos a eventos chulos con mucho jaleo y mucha gente guay. Aquí en Sarajevo esto se llama Beer Fest.

LECCIONES DE FILOLOGÍA

Beer es una de esas primeras palabras que uno aprende en una lengua extranjera. Los españoles intentamos pronunciarla tal y como se escribe, lo cual produce una de esas situaciones surrealistas en las que indicamos al camarero, utilizando nuestras manos, algo que se bebe pero que sirve para “ver”. Los ingleses, por el contrario, alargan las vocales y queda algo como “serveeeeesa”, que es algo como una oveja balando contra su síndrome de abstinencia.

Aquí el Beer se une, como un buen gintonic, a la palabra Fest, que significa “festival” según la gente guay y que participa en eventos chulos con mucho jaleo. Lo de festival viene porque tocan grupos de música que no se entienden, la gente intenta bailar (véase una posible combinación entre el habitante de bosnia y el acto de bailar en post anteriores) y hay mucha beer, de la que se bebe y no se ve.

LLEGADA

Se llega subiendo (ímpetu, energía, ganas de comerse el mundo) y se baja haciendo la croqueta (borrachera, ir pedo, preguntarse porque alguien le ha empujado). Lo organizan en un estadio que hay encima de una colina, me parece (era de noche y no pude fijarme ninguna de las dos veces). A partir de ahí uno entra a lo profe guay, al cual, días anteriores, un alumno le ha regalado un par de entradas. También se puede pagar 10 marcos en el caso de no ser profe guay.

SUCESOS NOCTURNOS Y COMPAÑÍA VARIA

Lo de nocturno es una aproximación de tiempo y espacio. De tiempo porque las 20.00 horas se puede considerar horario nocturno en Sarajevo, y de espacio porque la cosa empieza a estar bien oscura y se empieza a ver cada vez menos.

Quedo con uno de esos colegas bosnios que parece un español de toda la vida, excepto porque su vocabulario básico de ciñe a dos palabras: “tetas” y “culo”, palabras que repite con mucha gracia a la vez que se ríe. Luego tienes que decirle que, por favor, no hace falta que también señale.

El hombre también tiene pinta de español: moreno, ojos azules y pelo un poco largo a la vez que rizado. Las bosnias idealizan a los españoles de este modo. A mi no me quieren hacer caso, que el español soy yo y que sé decir de veinte maneras diferentes “culo” o “tetas”.

Subimos y entramos en el escampado, que quizá sí que tiene pinta de estadio de fútbol. Hay poca gente por allí, pero sé de antemano que rondan, al menos, el grupo de Erasmus, lo cual viene a ser unas 10 personas. Además, todo el mundo me había dicho que iba a ir, así que me reconforto y vuelvo a repetirle a mi colega que no hace falta señalar.

SUCESO NOCTURNO I

Es fantástico encontrarse con borrachos a las 20.00 de la noche. Me cuentan que han empezado a beber a las 17.00, que es más o menos cuando han llegado. Les doy mi enhorabuena y me uno al bailoteo que hay frente al escenario, que es donde quedan los únicos sobrevivientes del grupo Erasmus.

Ser Erasmus, bajo mi experiencia, es un acto de heroísmo, de saber encontrarse a uno mismo a altas horas de la noche y ser totalmente consciente de que se encuentra “allí” y no en un lugar desconocido pero a la vez familiar. Y ellos estaban allí, seguros de que se encontraban en el concierto, pero a la vez con algunas dudas de saber lo que estaban haciendo.

En seguida viene mi compañero con otra cerveza más y en seguida nos cambiamos de lugar al percatarnos de que hemos sido abandonados por los Erasmus y que ahora estamos rodeados de forasteros. Hemos perdido la certeza de saber qué coño hacemos allí.

Por cierto, uno de ellos había ganado el concurso de ver quién se bebía más rápido un vaso de cerveza. Son héroes.

SUCESO NOCTURNO II

No es gracioso encontrarse con alumnos por la noche, entre cervezas, pero uno se acaba acostumbrando. Tampoco es gracioso que en lugar de decir “Hola, qué tal estás” (NIVEL A1), te pregunten directamente si tu dirección de correo es la correcta, que ha enviado un correo preguntándome por los deberes y la dirección no funciona. Le digo que es correcta, que cambie de tema, que necesito pasarmelo bien y no hablar de trabajo durante mis horas de ocio. Ella es nivel A1, así que no lo entiende y sigue insistiendo. Paso al inglés y ella al francés. No tiene lógica, se disculpa, me disculpo, me pide más indicaciones, le digo que ese es mi amigo, mi amigo empieza a levantar la mano para señalar aquello que su “ímpetu español” le obliga a pronunciar pero me lo llevo corriendo. Ella se despide en francés y yo en catalán, para joderla por el impacto emocional que me ha provocado aquella noche.

SUCESO NOCTURNO III

Hablamos con unas 20 chicas esa noche. Algunas simpatiquísimas otras maniquís de concierto zombie. Las últimas se preguntan que por qué estamos hablando con ellas; yo le digo que yo hablo con todas, pero que por favor no me hablen en francés ni me pregunten por los deberes. Ellas lo entienden y no me preguntan por nada, simplemente desaparecen.

Nos encontramos con otra ex alumna, conocida tanto por mi como por mi colega (quizá él más a fondo, más extraacadémicamente). Sorprendemente tiene un pase VIP y nos pregunta que si quiere colarnos a la zona de gente importante. Yo le digo que de tanta emoción me estoy meando y mi amigo ya ha pasado al bosnio con ella. Me voy a mear y aquello es una cola interminable. A la derecha hay gente meando en el césped, que es la ventaja del hombre, que puede dar gracias a Dios por haberle dotado de la habilidad y capacidad de regar a las plantas con el líquido depurado de sus riñones. Hago un par de amigos, que es como se hacen amigos: con la polla en la mano.

SUCESO NOCTURNO IV

En la cola me encuentro a mi directora. Tope maja, no me hace caso. Me cuelo en la zona VIP y no duro ni dos minutos. Allí todo el mundo es muy serio. Pido una pulserita por si luego quiero volver a entrar; me la niegan porque no fumo. Le digo que no fumo pero que bebo serveeeeesa. No me entienden. Huyo de allí sin noticias de los Erasmus. Me uno a otro grupo de amigos. Durante la noche me olvido otra vez de sus caras.

SUCESO NOCTURNO V

Vamos a pedir otra cerveza y recibo una llamada telefónica. Es una mujer: no sé quien es pero ella me conoce. Le pido el nombre; me lo da pero no la entiendo. Finjo haberla entendido para no quedar mal y finjo acatar sus órdenes: reunirme con ella en diez minutos a la entrada.

Me encuentro con mis otros compañeros de curro. Les digo que me ha llamado una yo que sé Alma, Anra, Alda o saber tú. Empezamos a hacer hipótesis todos juntos sobre el nombre de la mujer; al final decidimos llamarla Calva, que nos parece gracioso y no tiene un pelo de tonta. Dejo a mi infatigable colega con el clan español y voy a reunirme con la desconocida.

SUCESO NOTURNO VI

La desconocida no aparece y yo tengo frío. Sé que ha dicho entrada, así que hago tiempo y me pongo a hablar con una chica que estaba por allí. Después de intercambiar algunas palabras y de saber que chapurrea español con expresiones de telenovela (Yo soy tu madre, estoy embarazada, Bruja, Antonio porque se lo has dicho) vuelvo con mis colegas.

El grupo ha aumentado. Ahora se ha juntado mi compañero de piso y su clan de la embajada. Les dejo hablando y me voy a hablar con un grupo de chicas.

Todo va genial. De repente mi colega se acuerda, después de conversar durante cinco minutos, que conoce a una de ellas. Yo intercambio teléfono con otra, la que me parece más lista y me dice que se llama Alda. Le pregunto por casualidad si no se trata de Calva. Me dice que no y se va con sus amigas, que también tienen frío.

SUCESO NOCTURNO VII

Miro a mi alrededor y aquello, hacia las 2.00, se ha medio vaciado. He perdido a los únicos supervivientes y me encuentro con mi colega. Como acababa de llegar de Oslo y sólo había dormido 3 horas, decidimos cerrar la noche. Salimos del lugar sin despedirnos de nadie, porque somos así de rebeldes.

Al día siguiente prometemos volver, que lo de la “serveeeeesa” dura tres noches y sólo hemos quemado una.

Un turista del Sur

¿Es el calor?¿Son mis pies descalzos? No lo sé, pero estos días ya soplan vientos del Sur. Hoy, abro las ventanas y dejo que una brisa tibia inunde la casa, justo de frente, justo delante, viento en la cara y sol sobre la montaña. Hechizado, al mirar al viento a los ojos, me siento tentado a caminar en su dirección, contramarea.

Son ya tres meses en esta ciudad, Sarajevo, en este país, Bosnia y Herzegovina, y sigo preguntándome lo qué aquí me trajo, la razón de esta visita, la lección, que aún desconozco si aprendida. Busco en cada persona que conozco, vuelvo a abrir las esquinas en las que ya miré, sigo tanteando los adoquines que ya pisé y, al final, vuelvo a mirar al cielo para luego volver a agachar la cabeza; nada, no veo nada. Desespero.

Después de tanto mirar, me digo -tranquilo, ya vendrá, ya lo averiguarás-. Sólo espero, que aquello que quiera dios que sea, no sea la perdida de una oportunidad, que no sea algo que debía hacer y no hice, que no sea una ilusión perdida.

Entonces, ante el vacío de mi búsqueda, miró atrás por si algo se ha escapado a mis ojos. Todos los días usé las lentillas y, en casa, las gafas, hasta me puse las gafas de sol para que los destellos no me impidiesen verlo cuando apareciera. No lo entiendo. Pero entonces, al recordar, vuelvo a mirar atentamente a todos aquellos que cada dby Mr.Yuseía vuelvo a ver. Ya les echo de menos y, como siempre, poco o nada puedo hacer contra el viento que sopla. Las despedidas, ya han comenzado y, pronto, vendrán más. Sólo quisiera quedarme y, así, poder huir del adiós. Siento no poder contaros quienes son, ni cómo son; mis manos, son incapaces de emanar palabras, ya han comenzado las lágrimas.

Siempre, he pensado que soy autónomo y que nunca he necesitado a nada ni a nadie. Pero antes de venir aquí, ya tuve una despedida que presagiaba lo contrario; sólo, nunca conseguirás nada; con todos…imposible, sólo es una palabra.

Si tanto duele sólo pensarlo, es saber que nunca más volveré a vivir con todo así, ver que se va y no volverá, sentir que no necesitó irme de aquí  para descubrir el valor de cada una de las personas que tengo el placer y el honor de saludar cada día aquí, y en ningún otro lugar.  Pero aún es pronto para llorar, aún tengo tiempo de saludar antes de echar a volar.

Así que, como un turista paseo por las calles de Sarajevo, vuelvo a mirar cada momento cómo si nunca lo hubiese visto antes. Saco papel y bolígrafo, para escribir la lista de los lugares por visitar, las puertas que cruzar. Quito el polvo de la cámara y la pongo a cargar. Compro tabaco, y me vuelvo a sorprender del precio a pagar.

Hoy, miro a la Zuta Tabija, precediendo unas de las mejores panorámicas de Sarajevo; porque si algo tiene esta ciudad, es que todo está al alcance de tus ojos. Es una ciudad con mil horizontes.  He podido ver la ciudad desde incontables ángulos y, siempre sorprenden, siempre embriagan, siempre me siento a fumar, mirarlas, y a disfrutar.

Lo mejor, es saber que no he visto nada, que todo me falta por ver, que tendré que volver. Pero no me he ido aún, aún tengo cosas que hacer, hasta entonces, disfrutad de mi ausencia y de estas mis vivencias.

Abrazos y besos a repartir al gusto.

 

Suena “Your reflection-Maika Makovski”

 

 

 

 

Volar o no volar, esa es la cuestión.

Siento algo de tristeza últimamente, cada día que salgo de casa las formas cobran la misma naturalidad que las tiendas, calles y personas de Parque de las Avenidas. Ahora, todo es habitual. Por un lado me siento molesto, uno siempre quiere mantener esa mirada nueva, curiosa, que busca y busca y nunca encuentra donde detenerse, todo interesa; por otro, la estabilidad, sentir que uno ya está incluido, tener la confianza con la ciudad de saber que puedes bajar en chanclas a por tabaco y que nada importa, eso aporta tranquilidad a mis pasos.

Pero si algo me molesta es que aquí la sal no sala, el azúcar no azucara,  el café no es de cafetera y las palomas no vuelan. Si teNidoPaloma encuentras un bando de palomas y caminas hacia el, no esperes un vuelo cobarde. Estas palomas se quedan plantadas, a lo sumo darán dos pasos para no ensuciarse con el betún de tus zapatos. Casi puedes sentir que te miran con desprecio mientras tú solo tratas de avanzar camino de tu casa, trabajo o garito. Ellas parecen únicas dueñas de su terreno y, siempre, están ahí.

Hace poco, volvía a casa cuando, tras sortear con cuidado a la mafia palomera, aún con los cascos puestos, pude escuchar como alzaban el vuelo a mis espaldas y, decenas de ellas, rompían el viento rodeándome mientras ponían rumbo al sol que me cegaba de frente. Al pasar las primeras, me quedé quieto para volver a dar un paso al instante siguiente. En un primer momento recordé los Kamikazes a los que un niño canta en “El imperio del sol”; después, al ver las últimas pasar, sentí que sólo tenía un paso más que dar para, con ellas, echar a volar.

Un pestañeo más tarde, las busqué como se escudriña el horizonte en busca de la siguiente loma donde cayó la perdiz para ir en busca del próximo lance. Pero ya se habían ido, seguramente habrían encontrado una isla en el río donde poder refrescarse y abandonarnos a nuestra suerte. El cuerpo recupero su peso, y ya no sentí poder, con ellas, volar.

Las terrazas ya inundan las calles, colocadas como atraques en puerto, cortando el ya estrecho camino que se pierde entre los pasos de la multitud. Las personas, la gente no me gusta, salen al sol, como el café, a tostarse. Los parques se llenan de movimientos suaves que abrazan el tiempo para luego, unas horas más tarde, darse cuenta de que se acaba de escapar. Las sonrisas se abren hueco entre el humo de los cigarros y los helados se pierden entre lametazos dulces y secos.

El buen tiempo brinda a la alegría y así, entre brindis y brindis, los planes se alargan hasta que uno ya no recuerda cual fue el trago que precedió a la despedida.

La vida ha cambiado, o puede que siempre fuera así y sólo se estuviesen reservando. Todos insisten en la montaña rusa de las emociones de la ciudad. En invierno todos sienten el peso de las nubes en la comisura de sus labios; en primavera el ascenso del sol corta las cadenas de la tristeza para levantar el vuelo en el verano. El equilibrio parece imposible.

Ahora, en Sarajevo, todo tiene ese punto en el que apenas uno consigue dilucidar si echará a volar, por fin, o se quedará para siempre en el recuerdo. Pero, aún así, con el impulso de las temperaturas, la sal no sala, el azúcar no azucara y el café no es de cafetera. Hasta entonces espero disfrutéis de mi ausencia y de estas mis vivencias.

Besos y abrazos a repartir al gusto.

Suena “Bourbon-Dinamita para los pollos”

Punto de partida II

La semana comenzó con dos cartones de tabaco en la repisa de la ventana, cantidad que con suerte me llegó hasta finales del mes de abril. Trato de recordar aquella semana y me  veo obligado a acudir al Facebook o a mi diario para tratar de encontrar algo de claridad a aquellos días, pero de nada sirve.

Sí recuerdo, que un descendiente de Hermes me quiso presentar una chica ardiente en deseos de entablar conversación, conversación sí, con un español, de manera que aquel lunes tuve que acabar de nuevo en el Kino Bosna. Me resistí al principio, estaba planchando mis camisas y esa es una labor prioritaria frente a cualquier otra, pero finalmente me rendí a la tentación de una noche primeriza en botella ahumada y cerveza templada.

Sé que llegué y que me presentaron a la chica, recuerdo que la conocía, y aún puedo vislumbrar en mi cabeza que acabé sentado en una mesa con tres chicas, también ya conocidas, riendo mucho y pensando poco. Sergio también se encontraba allí y, entre vuelo y vuelo, de vez en cuando venía a reposar sus alas en aquella mesa. Al final, no volvimos solos a casa, es lo bueno de compartir piso, siempre nos tenemos el uno al otro.

La semana se hizo de rogar y, entre café y cigarro, mis charlas en la entrada se disfrutaban en un ambiente de magnifica seguridad frente a un jardín que día a día se llena de tranquilidad. No sé que día comenzaron, ni cómo, pero cada día tengo el placer de encontrarme con un universo, totalmente diferente al anterior y del posterior, al que poder seguir conociendo y del que poder disfrutar. Los días malos levantan el vuelo según ven los olivos brillar en plata cada mañana; y los buenos, los buenos reposan hasta alcanzarse geniales. Los puñales se deslizan hasta alcanzarme en el abdomen y doblarme a carcajadas; y las cervezas, las cervezas no se prometen, sHombreMulticulturale toman.

Es un pensamiento recurrente, lo dije al principio y lo repito ahora, lo mejor de mi trabajo son las personas que lo incluyen. Así no es un trabajo, es una gozada. Saber que cuando llegues encontraras con quien hablar, reír o llorar. Tener cada día una conversación que nada tiene que ver con la anterior, compartir un café frío o caliente, percibir la preocupación el interés, sentir ya la pena de una despedida que amenaza con una cuenta atrás ya comenzada. Sentir, que sin haber hablado de dinero, me iré debiendo mucho más de lo que podré devolver.

Los fines de semana, nada empeora. Aunque a veces me queje de la excesiva variedad y cantidad de chocolate sobre la mesa, estoy encantado con todas las becarias. Hace poco un chico me preguntaba si tenía novia y, señalando a todas ellas, dije -No tengo novia, tengo 6-. Puedo quedar y hablar con todas ellas, y cada una aporta un toque diferente, una peculiaridad que desvía mi concentración y entrega toda mi atención. Insisten en llamarme jugador, pero bien sabéis todos que siempre ando corto de cartas. Podría escribir mil palabras de cada una de ellas, pero no las concibo por separado, para mí son todas una.

Es todo tanto, que hago un gran esfuerzo en la rutina. Observo esta experiencia como una preparación, una pantalla de un vídeo juego que he de superar, por ello siempre recuerdo una escena de una aventura gráfica en la que al preguntar el protagonista, a un hombre en un bar, sobre cómo llegar a un lugar, este le responde -No sé lo que buscas allí, pero todo lo que quieres encontrar está allí donde estés, por eso yo nunca he viajado-. Sí, no importa donde vayas, tus problemas, tus virtudes, tus ideas, tú, siempre estarán contigo. Cuanta más gente conozco más veo que todos somos iguales, aquí, allí, en todo el mundo la vida es la misma; y eso me encanta, porque puedo conocer a todos ellos sin miedo a equivocarme.

Todos los que aquí estamos, sin importar de donde venga, deseamos ver brillar a esta ciudad y, lo hacemos, sabiendo que el día que llegue echaremos de menos su decadencia, su alboroto, su mundo estático, volcánico. Pero llegará, porque aquí, como en cualquier lugar, las posibilidades son infinitas y todo puede pasar aquí y en ningún en otro sitio. Hasta entonces, disfrutad de mi ausencia y de estas mis vivencias.

Besos y abrazos a repartir al gusto.

 

Suena “Like Janis-Sixto Rodriguez”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Marejada en tierra

Vuelvo a casa del trabajo, parece un viernes pero sólo es el engaño de una festividad de la que espero poder ser participe en un futuro próximo. Las sonrisas de las últimas horas de trabajo fluyen por la calle Marsala Tita, la avenida se cubre de planes dispuestos a explayarse en una naturaleza abundante y cuidadosa, atención minas, mientras yo sigo con la cabeza aún embotada en la última llamada. Camino mirando mis pies, uno y ahora el otro, con una cabeza gacha que refleja el esfuerzo de una sonrisa pagada con lagrimas.

Levanto la vista y, haciendo al Veliki Park un guiño, recuerdo los atardeceres en coche volviendo a casa por carreteras castellanas escoltadas de chopos, con esa línea infinita al fondo, reflejada en rojo, cegando el día -¿Cuántas escenas así me habré perdido en este paseo?-.

Con la noticia aún en el bolsillo, subo a casa y me desprendo del pesado traje –ahora podré respirar-, pienso en qué hacer –hoy saldré, despejarse siempre viene bien-. Me echo una siesta y confío en la reparación del descanso, soñemos y luego veremos.

Al despertar, la cabeza golpea de un lado y del otro, es como una mala resaca que no parece nunca dispuesta a irse, como una tormenta que juega con el buque en un baile peligroso, pero aún con ello sigo mi camino al baño –el agua nunca falla-. Espabilado, miro el reloj para comprobar mi retraso, confirmado, me cambio a prisa y, con la mente en el último sueño, asciendo la colina hasta donde me espera la distracción, seis chicas sentadas en una cama bebiendo vino y jugando al “yo nunca”, todo controlado.

La noche  se establece y, con ella, el deseo prolifera. Quieren bailar y, aunque yo no esté dispuesto a agitarme demasiado,  accedo al complejo Sloga. Puede que no baile, pero el alcohol barato hará dar saltos a mi organismo, algo es algo. Así que, una vez sentados en mesa alta, empiezo mi juerga particular, puede que en algún momento consiga soltar los pies, me pido una cerveza y respiro con el humo. La cerveza se acaba rápido, parece que estaba rota por el culo de la botella y se la bebió la mesa, y esta vez necesito algo propio, algo que me devuelva un poco de normalidad, un Capitan Morgan con cola servirá. Pero no, error, antes de acabarlo tengo que pedir un Jagger con cola, con algo hay que quitar el mal sabor de boca. El Jagger se me hace pequeño y necesito otro, apenas han pasado dos cigarros y ya voy por la tercera ¿o era la cuarta?, da igual, otro Jagger con cola. No parece que aquello me esté sirviendo de mucho, así que vuelvo al ron cola, espero el mal sabor haya desaparecido. Tampoco, las soluciones se agotan y el whisky no resulta una tentación para mí, vuelvo a la cerveza –me estoy calentando y no queremos gripar el motor-. Ahora parece que mejor, poco a poco que no me gusta.

La cerveza  fría templa los ánimos y me permite fumar con calma, ya estoy gastando mucho y no queremos más en que pensar. Beber no sirve y fumar tampoco, a pesar de las graciosas formas del humo en el aire saturado, así que me declino a la rendición más absoluta –me quedaré sentado hablando con quien tenga a mi vera-. Así lo hice, pero tampoco me evadía demasiado –quizás deba beber más, no, mejor con calma, miremos como bailan-.

A mi izquierda, al otro lado del garito, un grupo de chicas saltan agitando sus melenas, aunque estas solo son rubias o morenas, para mí todo un arcoíris. Una se miraba al espejo mientras brinca, muy coqueta, no me sirve. En otra mesa, tres chicas aún permanecen sentadas, guapas pero calmadas, los ojos necesitan movimiento en el que fijarse –buscaré en otro lugar-. A mi alrededor, tres chicas bailan y alguna me pide un giro, hoy no quiero bailar, beber y fumar primero, luego ya veremos, pido otra cerveza.

Ahora sí, el grupo se asienta en el escenario y la gente se pone en pie, empieza lo bueno. La chica canta bien, pero su voz se resquebrajará si sube la intensidad, se mantiene. La música, rebota en cada rincón, vibrando en el recorrido del cuerpo de cada mujer bailando hace las delicias de toda una sensación. Me limito a observar, cuelgo los ojos y dejo que, fijos, se alimenten de los rizos que vuelan, de un lado a otro, anclados en cabezas que hoy no besaré.

Examino con calma a cada una de las personas allí implicadas. Veo una chica que mira a su amiga con enfado mientras esta baila con el deseado; otra zanganea de chico en chico, quizás sea cara y por eso con ninguno acaba; la que antes era mal mirada, ahora se le acerco un chico, joven, alto, me recuerda a Pablito. Al chico se le ve torpe –Pablito debería enseñarle un par de trucos de magia para arrancar-, cede el mando a las manos de la rubia, a ella se la ve contenta y, sonriendo a la torpeza, desliza sus brazos hasta posar sus dedos enredados en la nuca de su compañero, yo sonrío. Bailan lento y los Chemical Brothers ya están rompiendo los bajos –hace mucho que no los escucho ¿Cuánto ha pasado?, ya son diez años, “I´m too old for this shit”-.

Vuelvo a la pareja, él no ha espabilado pero sigue intentándolo y, con ella encantada, ya llevan diez minutos sin cambiar de posición con la misma sonrisa en la cara, puede que hoy no pero mañana acabará bien, finalmente el chaval aprenderá, no hay de qué preocuparse. Yo vuelvo a lo mío, pero ya no soporto la música, me voy, nos vamos todos.

Antes de llegar a casa hay que cenar y, créeme, la mejor basura está en el Penguin, bocata de pollo con mostaza y no sé qué otra cosa escrita en bosnio, estomago caliente es amarre seguro.

El día por fin se ha acabado, mañana me pondré mis pantalones cortos y calzaré mis chanclas. Sí, dejemos algo para mañana. Hasta entonces, espero estéis disfrutando de mi ausencia y de estas mis vivencias.

Besos y abrazos a repartir al gusto.

 

Suena “Girls-Beastie Boys”

Punto de partida I

Por lo nuevo camino a lo viejo, apenas me atrevo a pisar la línea que los separa, la misma que los une. Paso por encima como quien da un paso hacia la puerta de un nuevo mundo. Siempre he conocido personas con facilidad, desde que en el colegio iba preguntando -¿Quieres ser mi amigo?-, hasta ahora, cuando ya no pregunto y espero que algún día llegue la respuesta.

El fin de semana me ha dejado tal resaca que hoy apenas podía levantarme. Sólo la esperanza de conseguir un segundo que se pareciera  una pizca a lo disfrutado de viernes a domingo, me ha permitido levantarme en el baño de sol que estos días recibimos.

Sé que hay gente de todas partes repartida por todo el mundo, sé que lo que aquí vivo se está viviendo en miles de lugares al mismo tiempo, pero al final, yo estoy aquí y estoy con todos los que aquí están, nadie más. El resto del mundo no importa.

Hace un par de semanas, hacíamos una fiesta en casa. Los globos aún vuelan a ras de suelo. Mi compañero temía por todo, yo le tranquilizaba; otra cosa no, pero fiestas alguna he hecho. Siempre fui más sirviente que rey en mis fiestas, pero eso nunca ha impedido que disfrutara de ello como si del mayor de los festines se tratase.

Vinieron personas de todos lados ocupando cada una de las esquinas de esta casa, como si su rincón del mundo fuera. Más de veinte personas es un buen número, quien me conoce sabe que han sido alguna más en mi ya arrebatado récord. by Mr.Yuse

La resaca fue benevolente conmigo y, al día siguiente, pude disfrutar de un paseo con escandinavia al completo.

A pesar de los deseos de caminar entre dos aguas me decidí por el extremo que linda al asfalto, a mí me dijeron que por ahí caminan los caballeros y, aunque no lo sea, al menos es más seguro que ahogarse en el remolino de las corrientes.

La mañana y la tarde pasaron sin avisar de su marcha. El sol, que nos había mantenido templados a la orilla del río, se fue a descansar y apenas nos dejo tiempo para regresar. Pero no pasaba nada, la noche estaba asegurada y con una siesta la dejaba preparada.

Si a las siete habíamos quedado frente a mi portal, a las siete y cinco me montaba en el ascensor con la duda sobre mi cabeza –Estos nórdicos son muy puntuales, ¿Se molestaran por cinco minutos?-, pero apenas aguantó unos segundos la duda, mi teléfono sonaba mientras mi sonrisa se iluminaba.

Al llegar, me disculpé pero no sin antes explicar lo de los “cinco minutos de cortesía”. Pese a mis esfuerzos creo que no logré hacerme entender. Así que, como habíamos quedado con otra persona en el camino, aceleraron el paso mientras yo reclamaba calma y buen hacer, traté de explicarlas lo de –Vísteme despacio, que tengo prisa- pero tampoco dio resultado.

Diez minutos más tarde llegábamos a una casa donde se celebró el cumpleaños de Samantha, rápidamente pude determinar que los padres de no eran becarios –algún día Javier, algún día- , y, poco después, me servía la cerveza que siempre comienza el ciclo.

La noche, templada, las viandas, estupendas, y la compañía, exquisita. La decoración eran unas luces blancas, recuperadas de la caja de navidad, colgadas de la pared y agarradas a la misma como un espagueti en su punto. El ambiente fue relajado, confiado, amable y sincero. Me llamaron “jugón” aquella noche.

Al levantarme, al día siguiente, me incorporé lentamente, desayuné con mucha calma, llamé para comprobar que el plan del Domingo seguía en pie. Entonces, me relajé y salí a recorrer en dos horas lo que normalmente hago en media. Me senté en la terraza del Morica Han y, en los recuerdos del mercadeo pasado, saqué mi libreta y anoté, con fidelidad contable, las sensaciones de una mañana de domingo. Al rato, me levantaba sin prisa para ir al punto de recogida, donde fui llevado en coche de bandera hasta una despedida de cantina.

Aún recuerdo ese domingo como el más tranquilo de mi vida. La cotidianidad del acto, paella y cerveza, me concedía facilidad para sentirme relajado, para hablar y actuar sin frenado. Hasta había, hay, un bar que, al entrar, se ve igual que un bar español, se escuchan los mismos sonidos de cafetera, te reflejas en los mismos espejos enmarcados de San Miguel, y transpira los mismos olores de Soberano y cigarro.

La siguiente semana fue difícil. Se plantaron ya los dos meses de mi residencia, se acumularon entonces los haberes y los deberes. Subieron unos y bajaron los otros para, al día siguiente, invertirse la escalada y el descenso. Pero todo con una constante, la variedad.

(continuará…)